La calidad educativa
Las
políticas educativas actuales traen consigo un término que tiene gran vigencia
y legitimidad dentro del discurso actual de la educación, la calidad. El
discurso que existe sobre calidad viene desde la perspectiva económica, la
educación ya es un bien de consumo más, y la calidad funciona como marketing
para su promoción, por lo que esta comienza a ser una finalidad y no un medio
para mejorar (Slee y Weinwe, 2001).
Entonces
la pregunta es ¿Cómo funciona la calidad educativa? Este concepto se convierte
en una tapadera ideológica; la ideología del capital. La forma de conseguir
esta supuesta calidad es a través de evaluaciones externas, o, mejor dicho:
calidad como resultados. Pero ¿Qué miden estas evaluaciones? Es algo que escapa
a mi entender (nótese la ironía), y tras una revisión de artículos, pruebas y
comunicados todavía no saco en claro su función. Lo que está claro es que el
resultado de estas termina siendo un “ranking” que va desde instituciones
educativas buenas a malas. Esta clasificación no tiene otro sentido más que
segregar y destruir las bases democráticas y de equidad por las cuales deberían
ser comprendidas la educación.
La
operación para comprobar los efectos del “ranking” son muy fáciles. El proceso
es buscar en Internet: “ranking colegios mayor calidad”, los resultados son
sorprendentes. El primer resultado no es
de una página institucional educativa, o de organismo con peso, pertenece a un
banco, y el resto son webs de puro corte capitalista, ya que las etiquetas que
poseen las páginas son de “economía”. Por lo tanto, puedo volver a afirmar la
transformación de la escuela en un producto. Si nos metemos en cualquiera de
estos “ranking”, se ve claramente como más del 95% de todos esos centros son
concertados, pero mayormente privados.
No
es coincidencia ver que los “mejores” centros sean privados. Esto es uno de los
efectos de la supuesta calidad dentro de la educación. La educación privada está
constituida por empresas con una relación de mercado muy sencilla; la familia
paga enormes cantidades de dinero, y el colegio provee de todo lo necesario
para alcanzar buenas notas (equivalente a calidad). Todo esto no es ningún
secreto, y además es consentido por los Estados, pero no es más que una de las
consecuencias de este discurso. Esto tiene repercusiones en general en todo el
sistema, comenzando con el rechazo del sistema público de educación (ya que no
está en los puestos de calidad), falsas creencias del fracaso absoluto, los
niños de clases más altas poseen más derechos que el resto…
Esto
se puede resumir como “calidad para pocos no es calidad, sino privilegio”
(Donoso, 1999, p. 145). Legitimar esta concepción de calidad como resultados es
oprimir, y poner en jaque la figura del docente, donde se ha llegado a proponer
que el profesorado reciba su sueldo en función de los resultados académicos del
alumnado (Díaz Barriga, 1994), por lo que toda la responsabilidad en el
profesor, en las calificaciones. Ya no se tienen en cuenta diferentes factores
que pueden influenciar en el rendimiento escolar.
Estas
evaluaciones, siempre se han caracterizado por estar basadas en resultados numéricos.
Pero ahora, en los últimos tiempos con la globalización y los discursos de
calidad, se ha aumentado sustancialmente y ha aparecido dentro de nuestro
vocabulario el fracaso escolar. ¿Qué se entiende por fracaso escolar? Si
seguimos los discursos neoliberales son aquellas personas que no son capaces de
sacar buenos resultados en los exámenes, que acaban por suspender y dejando la
educación.
El
fracaso escolar según este discurso tiene dos responsables, el estudiantado y
el profesor. Que estos dos agentes, de todos los que hay dentro del sistema
educativa sean los culpables tiene una explicación; anteriormente se expuso
como la educación está perdiendo todo lo valores democráticos, es una
enfermedad, mientras el único que goza de salud es el sistema, nadie parece
culparlo. Vivimos en una educación donde solo nos interesa memorizar y escupir
conocimientos, y si no eres capaz, has fracasado.
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