¿Las desigualdades de la sociedad son fruto del azar? 

    Indagar en las ideas de Paulo Freire supone aire fresco en una sociedad que parece avanzada pero que sigue ligada a desigualdades estructurales existentes desde hace décadas y que se manifiestan en diferentes formas. En este sentido, cuando plantea la vinculación de este tipo de problemas estructurales con la realidad, insta a los individuos a que las relacionen con aspectos reales y cotidianos de la vida y que, en mi opinión, pueden llegar a pasar desapercibidos. Ello lo define muy bien bajo el término concientización que, como se ve en la siguiente cita del autor, si miramos el trasfondo de las cosas y somos conscientes de realidades como la opresión podremos buscar soluciones y caminos para ir liberándonos de esta de forma progresiva, trasformando la situación en que se de esta opresión. No obstante, en esta era de cambio y supuesta modernización, parecen ser otros intereses los que nos mueven y abocan a la ceguera de la realidad social que muchas personas viven e incluso creyendo que nos guiamos por nuestros propios impulsos en los actos que llevamos a cabo y no en que nos lleva, por ejemplo, a tener el estilo de vida que llevamos o a desear otros. Por tanto, en esta acción de reflexión profunda, que resulta imprescindible, es necesario que tomemos el control a través de actuaciones concretas que, aunque parezcan pequeñas o imperceptibles podrán forjar el “yo” que realmente queremos ser y no el que parece impuesto. De otra manera, realizar una acción que no conlleve reflexión, nos hace ver como máquinas deshumanizadas que actúan con base en intereses superficiales sin llegar a saber que nos mueve a realizar tales.


«La concientización implica que, cuando el pueblo advierte que está siendo oprimido, también comprende que puede liberarse a sí mismo en la medida en que logre modificar la situación concreta en medio de la cual se percibe como oprimido» (Freire, 1974, p. 25).


    Cuando se plantea la cuestión de si somos opresores u oprimidos, no creo que debamos caer en el autoconvencimiento ni en la búsqueda del buenismo que nos coloque como ejemplos a seguir ni como buenos o malos. Probablemente la respuesta a esta cuestión tenga matices y desempeñemos ambos papeles. Me veo reflejada en diferentes ámbitos, como en el que me declaro firmemente feminista, pero aprendiz, ya que, a pesar de declararme como tal, en muchas ocasiones he juzgado, traicionando mis principios y he ido en contra de mi propia moral. Por otro lado, y a pesar de ser consciente del sistema capitalista y de la brecha salarial y desigual que supone, sigo participando de este en vez de oponerme por completo, por lo que cada día trato de repensar mis acciones y ser fiel a mis convicciones. 

Sin embargo, esta tarea de reflexión constante no es sencilla y sin duda lo fácil es seguir el ejemplo que nos ponen por norma, pero ¿cuánto cambiaría el mundo si reflexionásemos sobre aquello que hacemos? Creo que con pequeños cambios locales podemos lograr derrocar esa idea global que impera y dejar de formular planteamientos de lo global a lo local. 

    Y en todo ello, la solidaridad juega un enorme papel donde la empatía se debe poner por encima del prejuicio y de la ganancia exclusivamente personal. Por esto, me resulta importante la visión de Freire en la que considera que la educación es un acto político, y la forma en que funda el movimiento de cultura popular e impulsa la alfabetización, siendo además impulsor de la pedagogía crítica. Me parece fundamental la alfabetización que plantea como puerta hacia la liberación del ser humano y del conocimiento, ya que supone una mejor comprensión del mundo que nos rodea y en el caso del “estudiante” atender a su responsabilidad como sujeto de aprendizaje en el que se fomenta su visión crítica del mundo y potencia que pueda llevar a cabo cambios en este, desmitificando las reglas generales impuestas por la cultura, las costumbres o la política. 

    Pero, ¿cómo se puede alcanzar una educación de estas características sin educar las emociones ni trabajarlas? La escuela lleva un ritmo cada vez más exacerbado y pautado, y las asignaturas que plantean un pensamiento crítico y analítico del mundo que nos rodea, parecen ir volatizándose en la bruma de la indiferencia, cuando la única forma de conseguir aquello que queremos realmente es confiar en que podemos lograrlo y en nosotros mismos. 

    Por ejemplo, a través de una educación crítica podemos replantearnos hechos cotidianos, como los planteados en clase acerca del porqué se desahucia en determinadas zonas y no es otras o porqué se construyen los supermercados en áreas concretas. Aun como docentes, y a pesar de las estrictas pautas que se nos exige en la praxis educativa, podemos recurrir al currículo oculto y seguir formando transversalmente en estas áreas de conocimiento que parecen ir perdiéndose para que formen parte íntegra de todo aquello que vamos aprendiendo y enseñando, y así lo decía Freire cuando consideraba que la educación no cambiaba el mundo si no que cambia a las personas que sí son las que cambian el mundo.

 

¿Estamos dispuestos/as a cambiar las situaciones que no nos parecen justas?


Cristina Díaz Pescador 

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