"La educación es un acto de amor" Paulo Freire.
Que yo recuerde, tras leer un libro, no me había generado tantos conflictos internos, pensamientos positivos y negativos, esperanza, decepción, pesimismo, ilusión… Considero que es una pena haber pasado cuatro años de carrera y no haber hablado del tema que envuelve el grado de maestra: la educación. Aunque como me dijeron: sí, ha llegado tarde, pero ha llegado. Se ha despertado en mí una preocupación enorme, ¿qué clase de maestra soy y cómo quiero llegar a ser? Es muy difícil reflexionar sobre nuestro comportamiento, ser autocríticos con nosotros mismos, sobre nuestra forma de proceder, de actuar, sobre todo porque da miedo darnos cuenta de que realmente no somos lo que pensamos que somos.
Clamamos constantemente que queremos una escuela justa, inclusiva, respetuosa con las individuales de cada persona, y respondemos a la pregunta de cómo conseguirlo como si la solución a un problema matemático se tratara, rápido y fácil. Pero tampoco tenemos que pretender ser los héroes de la escuela, porque pensemos que una escuela mejor es posible no hace que se produzca el cambio inmediatamente. Influyen muchos factores que están fuera del alcance de nuestras manos, aunque he de decir que todo cambio a mejor empieza con dar el primer paso, preguntándonos a dónde pretendemos llegar con nuestra práctica docente o qué es lo que queremos conseguir.
Paulo Freire dice que “La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”, y creo que está totalmente en lo cierto, educar requiere amar, entender el amor y crear vínculos positivos con los niños y niñas y entre los mismos, mediante los cuales se construyen aprendizajes para la vida. Hace poco leí a Erich Fromm y decía que en las escuelas nos enseñan que expresar nuestras emociones es demostrar debilidad por lo que desde pequeños ellos aprenden a reprimirlas, dejando atrás su naturaleza más espontaneidad. ¿Si no les permitimos mostrar emociones, qué clase de ciudadanos estamos fomentando? Durante la clase del martes hablamos sobre cómo debe ser un docente que quiera una escuela en pro de la justicia social, tras una lluvia de ideas salieron cosas como: reflexivo, humilde, cooperativo, empático, critico, reflexivo, que tenga fe, esperanza, que sienta amor. Como se comentó en clase es difícil que todo esto actúe de forma constante en un docente en un determinando momento, pero si al menos se dieran un cincuenta por cierto de ellas ya estaríamos empezando a generar un nuevo movimiento, una práctica docente diferente a la tradicional.
¿Qué clase de maestra soy? me pregunté al principio de esta entrada, y creo personalmente que voy cumpliendo algunos (no todos) de esos puntos que se escribió en la pizarra, siento amor por lo que hago, tengo esperanza y fe en que la educación avance a algo mejor, intento ser reflexiva y crítica con lo que pienso y hago. Romper con esos límites que nos impone el sistema no nos ha de dar miedo. Para algo estamos donde estamos, para promover un cambio. Somos docentes, sí, pero debemos tener en cuenta que somos personas, ciudadanos, y tenemos que mantener esta práctica más allá de la escuela. Somos individuos inmersos en una sociedad, que últimamente está yendo a la deriva, pero está en cada uno de nosotros coger el timón y reconducirlo a su camino al menos unos milímetros.
Freire me deja un halo de esperanza en que el cambio es posible, y está en nosotros tomar el testigo de esta carrera que lleva estancada varios años. Hacerlo posible está en mí como docente, como ciudadana, ¿y en ti? ¿estás dispuestos a generar cambio?

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