Educación como praxis política
En este blog me gustaría partir del libro de Francisco Gutiérrez Pérez: “Educación como praxis política” título que he elegido también para resumir esta entrada.
En esta obra, prologada por Paulo
Freire y publicada en 1985, se plantea como principal causa de desvirtuación,
deterioro, ineficiencia y fracaso del sistema de enseñanza, la falta de
reconocimiento de su carácter y dimensión política.
A partir de esta idea, el autor
expone que "mientras no se resuelva esa apoliticidad de la educación es
muy poco lo que puede esperarse de las reformas educativas y del
perfeccionamiento técnico-pedagógico del sistema". Además, añade: “La dimensión sociopolítica no contamina el
proceso educativo, sino que lo convierte en un poderoso agente de
transformación de la realidad social[…] No es posible educar supuestamente a
salvo de la realidad social”.
Hemos crecido en un sistema
educativo que tiene un marco prescriptivo tan limitado que apenas se dedica
tiempo a la reflexión y al debate de cuestiones éticas y políticas apoyándose en la excusa
de que podemos influir en la ideología de nuestro alumnado. Y en este caso, me
refiero a ellos como alumnado con plena intencionalidad de la palabra pues, si
por su etimología significa “ser sin luz”, normal que se pueda interpretar que
nuestra “iluminación” puede cegar a este estudiantado y absorber sin filtro
todo lo recibido.
En relación con lo expuesto, os
presento los aportes Philippe Meirieu por si no lo conocéis. Este pedagogo francés trata de eliminar de estos conceptos ese sentido de dominación u opresión
planteados por Freire del enseñante sobre el que recibe enseñanza. Para él, y
coincido con su perspectiva, enseñar tiene un vínculo también en la praxis con
su raíz etimológica “señal”. De esta manera, enseñar sería marcar o
dejar una señal. Por tanto, esto se podría entender de diversas maneras: como
la marca en el cuerpo que se pone en el esclavo que no podrá borrar con el paso
del tiempo, como una marca de fuego que se pretende que perdure de manera que
nunca dejen de ser aquello que la enseñanza del maestro le ha marcado y
permitido ser. Philippe en cambio, propone entender el acto de enseñar como el proceso de ir dejando señales en el
camino para que otro vaya encontrando un recorrido. De esa manera, cree que el
margen de libertad es mayor. Así, enseñar es dejar señales para que otro decida
si sigue por el camino que está marcado o no. Aprender, desde la definición que
propone el pedagogo es hacer algo que no se sabe hacer para poder hacerlo. Y, para
entenderlo, pone ejemplos como el proceso de experiencia atravesado para aprender a montar en bicicleta
o aprender a nadar. Pues, uno se hace competente en la acción en función de su
entrenamiento. Además, hace hincapié en el error como parte del aprendizaje,
pues como recalca su definición, al estar haciendo cosas que precisamente, no
sabíamos hacer, es esperable y lógico que surja ese desacierto.
El autor también hace referencia de manera aproximada al efecto Pigmalión que mencionamos
en la sesión. De manera que definir el acto de enseñar debe ir ligado
necesariamente a la condición de brindar seguridad. De esta forma, para
completar la definición anteriormente expuesta, debemos brindar seguridad para
que otro ensaye y se equivoque sin temor a ser juzgado. Pues, si tomamos el ejemplo
expuesto del aprendizaje a montar en bicicleta y nos imaginamos que el acompañante
que va detrás del aprendiz está transmitiendo juicios negativos, lo más probable
es que ese aprendiz, se caiga. Porque necesitamos que haya un clima de ánimo y
confianza.
¿De
qué manera estos conceptos están atravesados por lo ético y lo político?
Yo particularmente, me he dado cuenta de que he crecido completamente equivocada en relación con lo que pretendía como docente. Pues, relacionaba mi intención de mejorar la realidad desde el acto de transmitir valores como arma de transformación desde lo que creía que era la ética.
Al escuchar un fragmento de la conferencia de Isabelino Siede
“La educación como un acto político y ético” llevada a cabo en el marco del III
Congreso Provincial de Buenas Prácticas en Educación" (Argentina-Córdoba,
2013), me he dado cuenta de que lo pretendo conseguir desde la política y no
desde la simple ética.
Bien,
si alguno como yo, quiere entender en qué se diferencian, os resumo:
La ética
se refiere a la deliberación sobre lo correcto y lo bueno para un sujeto y nos
permite orientar nuestras acciones fundamentalmente en función de nuestros
deseos. Tiene como objeto la proyección del individuo en función de esa voluntad. Pero,
claro, los deseos tienen interferencias y contradicciones pues vivimos en
convivencia. Por tanto, la ética busca criterios prácticos para orientar nuestra vida. Por ello, Aristóteles en el área de los estudios sobre ética se preocupaba por la Eudamonía, es decir, la felicidad.
La política es el ejercicio del propio poder a partir de ese deseo previo a partir del proyecto colectivo. Entonces, no hay poder si no hay deseo que incite y
promueva esa búsqueda del orden. De forma que el deseo propio es el que se enlaza con
el deseo de otros y el cual genera proyectos colectivos. Y nos permite mediante
la transformación de las relaciones plantear normas, valores y criterios para habitar
lo público y desarrollar nuestros proyectos personales.
Entendiendo esta diferencia, no podemos educar en la búsqueda individual de nuestra ética, pues teniendo en cuenta nuestro carácter egocentrista, consideraríamos nuestra felicidad más importante que la del resto, y la dominación tendría cabida en esa realidad social.
Además, como apunta Siede, el aula es el ámbito idóneo donde al ser uno de los objetivos reconocer qué es lo mío, qué es lo ajeno, qué es lo compartido y
en qué sentido somos iguales, somos diferentes y qué podemos hacer juntos, enfocarlo desde la política.
Entonces,
¿dónde está el inconveniente de usar la educación como arma política? Lo
preocupante sería tomar el sistema judicial y ponerlo al servicio de una
ideología, por ejemplo. Pero, la educación debe estar siempre al servicio de la
humanización, del progreso, de la justicia social y eso pasa necesariamente por
la formación en una alfabetización científica crítica. Cañal (2004) la entiende como la
cultura y la competencia de saber, valorar y hacer que necesita cualquier
individuo para desenvolverse adecuadamente. De esta manera, ¿cuál es el
adoctrinamiento más peligroso y mayor? ¿el de no ser competente para
desenvolverte en la realidad de forma consciente y perteneciendo a un sistema hegemónico abusivo sin desarrollar la capacidad de aportación de la propia percepción e intereses o trabajar la política en el aula?
No podemos ser aliados y cómplices
de la castración de la capacidad del pensamiento crítico. Como afirma Paulo Freire, “El
reconocerse condicionado permite pelear contra las fuerzas que me condicionan.”
Si no colaboramos en que este requisito se dé para dar un paso hacia la
liberación y la determinación, estaremos condenando a las generaciones venideras a ser parte de la
población masa. Y no se trata de invertir el poder de quién ejerce la
dominación, si no de instar por una democracia real donde todas las voces sean
escuchadas y tengan el mismo valor.
Por
tanto, no seamos escépticos, estamos al servicio del poder político dominante,
y así se observa en la medida que tenemos como marco regulador leyes que funcionan
como anteojeras, similares a las que se ponen a los caballos para no mirar a
los lados.
Con
lo que, si se está permitiendo que el currículum oculto acoja prácticas y
actitudes que desarrollen de manera subliminal e implícita el sentimiento
identitario nacional, etc., usemos esa herramienta para conformar un modelo de
enseñanza que promueva la justicia social a través de la didáctica de la competencia política.
Por último, y para cerrar esta
entrada recurro a tres citas de Paulo que tienen relación con lo expuesto:
- "Todo acto educativo es un acto político"
- ”Como educadores y educadoras somos políticos, hacemos política al hacer educación”
- “Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma de crítica”
Rompamos las cadenas.
Sara Roldán Arcos.
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