¡¡Añoranza!!
¡¡Añoranza!!, y de pronto mí voz no sale para explicar el porqué de la palabra, y más aún sorprendida por las gotitas que salen de mis ojos, sin que yo siquiera lo pensase, un ahogo se apoderó de mi cuerpo y a la cabeza se vienen los recuerdos y brota la necesidad de llorar. Recordar, sonreír y seguir reafirmando que me gusta lo que hago desde hace 27 años. Esperanza, cambio, emoción, vida. Esto me hizo volver a mis primeros años como docente y evaluar los diferentes espacios que he pasado como educadora, como profesora permitiéndome valorar lo aprendido y lo vivido. Siempre he tenido presente el segundo colegio donde trabajé, de allí aprendí que no podía limitarme a dar una clase y ya, pues creo que las horas que las personas pasan fuera de la enseñanza formal, les dan muchas herramientas para la vida, pero casi nunca se tiene en cuenta en la educación formal, existe una ruptura entre estos dos espacios. El colegio que menciono tenía 10 estudiantes por nivel y quienes asistían venían de realidades muy difíciles de llevar, y mucho más a tan temprana edad. Funcionaba en un barrio no muy favorecido económicamente hablando. Los y las chicas, en su gran mayoría, los habían sacado de instituciones públicas por su mal comportamiento. Inicialmente llegaban allí incrédulos y aborreciendo el sistema educativo. La primera entrevista, la del ingreso, se hacía de manera personalizada, separada de tutores, donde firmaba un acuerdo redactado por ellos mismos para poder ser admitido, y padres y madres o tutores también firmaban un compromiso de asistir a encuentros para compartir experiencias de vida con las demás personas. Ese primer encuentro tenía un objetivo específico, que se sintieran escuchados e importantes, donde se le daba prioridad a su palara. El énfasis de la institución era social y esto nos permitía participar y proponer actividades con la comunidad desde el arte, pues considerábamos que este nos permitía llegar de manera natural para conocerlos y entablar una buena relación con el barrio. Las prácticas sociales, que eran necesarias para graduarse, las hacían con personas mayores. Durante el transcurso del año organizábamos y montábamos una comparsa donde se vinculaban estudiantes, tutores, personas mayores que participaban en el programa de prácticas y el comercio del barrio. Realmente, aunque era un colegio pequeño, para cada actividad se transformaba, el nivel mayor se encargaba de organizar los cursos menores. Esto generaba una dinámica relacional diferente entre los diferentes actores de la institución dentro y fuera de ella. Mi añoranza va relacionada a este y otros procesos en los que he participado. Experiencias sociales que deberían darse mas y no ser una entre mil.
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