Romper las cadenas

 


    La circunstancia de la que se habla en la noticia ocurre a día de hoy y en mi opinión, supone la opresión e incomprensión del capitalismo blanco frente a otras culturas y tradiciones a las que no se preocupan de conocer y entender y que, como se comentó en el aula, puede generar guetos al hacer que muchos centros prohíban los hiyabs y aboquen a estas mujeres a ir a otros centros en los que puedan llevarlo.

Si ello lo analizamos bajo la perspectiva de reconocimiento, las injusticias se combaten mediante la cultura, mientras que la redistribución plantea esta problemática bajo el ámbito socioeconómico y economía política donde se produce explotación, marginación económica y depravación. En los ejemplos planteados en el aula, nos preguntamos acerca de la igualdad entre todos o la atención a la diversidad en la que se atiende las necesidades de cada uno, de manera que no nos limitamos a que las mujeres tengan acceso a educación y sean libres bajo el amparo de la ley si no que a la hora de búsqueda laboral y reconocimiento de sus cualidades estén a la par que las de cualquier otra persona. 

    Y si nos movemos hacia el sistema educativo, ¿sería adecuado establecer un currículo común para todos y todas? ¿conviene tratar a todas las personas por igual? ¿es lo mismo educar de la misma forma a alumnado de diferentes zonas y condiciones? No creo que todos seamos iguales y en este sentido, no tenemos por qué ser tratados iguales, si no que se tendrán que poner a disposición de las personas que lo necesiten las herramientas y materiales adaptadas a sus necesidades y así es como trabajaremos por la diversidad. Igualdad en este contexto educativo sería dotar, por ejemplo, de ayudas económicas por partes iguales a familias con bajos recursos económicos y a familias con altos recursos, lo cual resultaría absurdo. Este currículo no deja de ser elaborado por un sistema capitalista e imperialista que parece no atender tanto a la diversidad como al aspecto teórico y las buenas calificaciones de estas, además de otros aspectos que poco tienen que ver con justicia social. 

Si analizamos la Justicia social bajo las perspectivas de redistribución y reconocimiento aun siendo diferentes concepciones, la unión de lo mejor de ambas podría resultar beneficiosa para la búsqueda de la justicia social con la atención a cuestiones asociadas con la justicia distributiva y las preconcepciones intersubjetivas. Al analizarlas por separado, se observan diferencias considerables como que, por un lado, se plantea la redistribución de bienes y recursos y por otro, la aceptación de las diferencias de una forma amistosa y asimilando las normas culturales que prevalecen y que reivindican el reconocimiento de minorías étnicas. 

    En la práctica, como se puede ver en la lectura de Nancy Fraser, ¿en qué se diferencian en temas sociales? ¿son tan diferentes entre sí? ¿realmente pueden unificarse? 

Si ponemos el ejemplo del feminismo, esta se acerca a la postura redistributiva ya que se busca la transformación de la realidad social en la que nos encontramos cuya solución podría recaer en una buena reestructuración política y económica, que en la actualidad es injusta, y en desmontar el problema estructural actual. Es evidente la relación directa entre la productividad y reproductividad que se establece en las mujeres al diferenciar entre actividad remunerada y tarea doméstica no remunerada que se asigna a su persona de forma innata y supone una carga de responsabilidades que hace que muchos estudios relacionen el fracaso escolar y la desatención al menor con la entrada de las mujeres en el ámbito laboral remunerado. Como si el progreso que supuso para ellas el camino hacia la libertad y la independencia fuese a su vez lo que guillotinase su figura como buena madre, ya que bajo esta concepción una buena madre parece tener que dedicar todas las horas de su vida al cuidado de sus hijos y hogar y que en caso contrario será responsabilidad innegable de esta. Esta brecha, lejos de ser superada, se hace patente en nuestra sociedad en la que el reconocimiento del hombre sigue siendo mayor con independencia de que los resultados académicos o laborales sean iguales o mejores los de ellas, y es que, con el techo de cristal, poder llegar a puestos directivos importantes supondrá una pelea constante. Por esto, la erradicación de estructuras de género requiere de la transformación económica, política y de estatus.

    Este hecho se repite con muchos otros colectivos que, por falta de reconocimiento, devaluación de la cultura, construcción autoritaria de normas, capitalismo injusto, injusticia estructural, intolerancia o materialismo genera la desigualdad mundial y especialmente la discriminación. Estas injusticias son problemas estructurales y no podemos escapar de ellas porque hay que cambiar todo el sistema para modificarlo, así es como la opresión está en las normas y en los hábitos de la sociedad. En estas injusticias juega un importante papel la visión de la individualidad de las circunstancias y de pensar en que las acciones personales llevan a consecuencias determinadas, en vez de concebir la sociedad como no justa y tratar el problema ajeno como el propio. La sociedad culpa al individuo por sus fallos y no al sistema por el que se rige, con lo que la población asume una responsabilidad a la que no puede hacer frente ya que no es capaz de manejarla.

    Los cinco tipos de opresión que plantea Young (1990) en su obra resultan un paralelismo con la sociedad actual que también se podría proyectar sobre otras formas de vida más antiguas. Mientras sentimos ser más libres y abiertos de mente, seguimos viviendo la marginación a cada paso y no actuamos frente a ella para combatir la segregación más extrema y sutil que ocurre a nuestro alrededor ya que, mientras no seamos nosotros los marginados ni apartados todo funciona bien, como las fichas del parchís que pasan silenciosas frente a otras por miedo a ser comidas. La explotación está tan intrínseca en nuestro día a día, puesto que hemos normalizado que su presencia es lo normal y cuando percibimos unas buenas condiciones laborales y salariales creemos tocar el cielo y ser ganadores de una lotería, mientras que ello debería de ser lo normal y lo correcto socialmente. El poder mantiene manso a su rebaño que lejos de revelarse, se resigna y agacha la cabeza frente al miedo sin pensar en que todas las cabezas del rebaño en pie pueden hacer temblar el tejado sobre el que se soporta el peso del poder e incluso resquebrajarlo. La supremacía impera y se hace eco como si de un modelo ejemplar se tratase en el que una cultura y sus norman parecen la adecuada y el camino a seguir, y lo que se diga y se haga deberán ser las líneas para llegar a una meta que no todos vislumbran porque no todos los pies que la siguen tienen la misma forma ni la misma horma en el zapato. Y con todo ello, aparece la forma de opresión más visible, que se manifiesta en todas sus formas, pero sin argumentos posibles, ya que nada podría explicar la humillación o estigmatización que sufren determinados grupos por ser como son y no por lo que hayan hecho. Pero cuando hemos normalizado las bajezas, las penurias, las desgracias evitables, el terror y el control a través de la manipulación diaria en la que somos cómplices de lo que ocurre, pasamos a ser espectadores y piezas del juego que permanecen impasibles ante la injusticia, ¿tiraremos algún día el dado para cambiarnos de casilla? 

 

Cristina Díaz Pescador

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